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Historias paraliterarias de un cuento muy viejo

Historias paraliterarias de un cuento muy viejo (click para ver presentación)

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Mímesis I

Yo tenía nueve años cuando llegué a Tlatelolco en 1971, entonces me pareció un lugar increíble para vivir, copado de jardines y sin calles llenas de autos que lo atravesaran. Lejos estaba yo de ser consciente de lo que había pasado allí hacía apenas tres años, era algo de lo que no se hablaba, una especie de leyenda oscura, había mucho miedo alrededor del tema y yo era un niño.

Fue por mis amigos de los scouts Rafael Pérez, Mauricio Molina, Chava Sobrino, René Ortega, Roberto Sánchez que comencé a interesarme por leer algo más que a Julio Verne, ellos me llevaron indiscriminadamente y sin piedad a García Marques, a Kafka, a Henri Miller, a Nietzsche y a Marx. Y fueron ellos los que me hicieron enterarme e interesarme por el asunto del 2 de octubre. Tenía yo trece años y había comprendido que eso tenía que hablarse en voz alta porque si no cómo habíamos de cumplir eso de que “no se olvida”.

El azar me llevó a convertirme en miembro de un grupo de teatro para  adolescentes  que patrocinaba la delegación Cuauhtémoc y el Centro de Integración juvenil Tlatelolco: el grupo teatral Identidad, que luego se hizo compañía y después laboratorio teatral y que era brillantemente dirigido por el joven y rebelde profesor universitario  Hector Dupuy, quien por vivir demasiado de prisa murió demasiado joven, para desgracia del arte teatral mexicano. El grupo era en realidad una especie de escuela de fin de semana, leíamos los dramas más importantes de la historia del teatro, de a cuatro por mes, trabajamos encerrados en el vetusto y monumental  Teatro del Pueblo 12 horas los sábado y 12 los domingos a la edad en que los jóvenes piensan más bien en festejar. Pero valía la pena, nos daban clase de música Luis y Alicia Urreta, de actuación Zaide Silva, de danza Onésimo González y Enrique Calatayud, de drama Oscar Liera y Luisa Josefina Hernández… en eso se me fueron 8 años de mi vida por los cuales me siento privilegiado.

Hector Dupuy solía realizar ejercicios de sensibilización emotiva que consistían en ponernos a actuar con los ojos cerrados y en semitrance siguiendo las instrucciones de su voz. El ejercicio que más me impresionó y que dio origen al texto fue uno que se hizo sobre la Segunda Guerra Mundial, hacíamos el papel de judíos que estábamos en un campo de concertación, una dramatización bastante fuerte y uno de los muchachos se quedó clavado en el ejercicio mucho rato, demasiado, muy concentrado, no podía salir. Tardó una media hora en recuperarse y eso nos dejó bastante impresionados, de ahí me quedó la idea fija de hacer con eso una historia, porque me llamaba mucho la atención cómo es capaz el cerebro de hacer una jugada así, de llevarnos sensorialmente a otro mundo y pensé que con exagerarlo tantito ya tenía un cuento. Yo creo que para entonces yo no había leído El sur, ni tampoco La noche boca arriba, esas influencias vinieron mucho después. Cuando finalmente me acerqué a Borges, a Cortazar, a Lemm, en el primer año de la carrera de letras, la identificación fue fatal y natural como todas las tormentas. Será que los temas flotan en la logosfera para cualquiera que levante las antenas, o será que en el fondo hay pocos temas.

Así fue como a los 15 años escribí El ejercicio de actuación. Lo de cambiar el tema de los judíos al movimiento del 68 fue muy fácil porque en el fondo se trataba del abuso de poder y mi experiencia más cercana de abuso de poder era ese movimiento estudiantil.  Aunque el centro real del cuento enfatiza la idea de que los límites entre la fantasía y la realidad son difusos.

Mímesis II

Los pequeños objetos amados es un libro con diez cuentos, entre los cuales figura “El ejercicio de actuación”. Cuando escribí los cuentos de ese libro iba yo de los 14 a los 17 años. Tres de aquellos cuentos recibieron premios de parte de la UNAM, eran cuentos de una muy apresurada juventud y no voy a hacer aquí otro juicio sobre ellos, porque de eso no se trata esta plática, ni me corresponde a mí criticarlos ya otros se han ocupado de ello.

Fueron publicados en 1982, mediante un contrato leonino con Editorial Universo en el que recibí 20 centavos por cada ejemplar de los 10,000 que imprimieron, de los cuales me dieron 50 libros, pero eso a mí no me importaba mucho en esa época, me bastaba con ver los pequeños tomos amarillos con mi nombre en los estantes por toda la ciudad y poder presumírselo a mis amigas.

Editorial universo fue absorbida por el grupo editorial Diana cinco años después y a su vez esta pasó a formar parte del grupo Planeta por lo que perdí la pista a los dueños de mis derechos de autor. Sin embargo como el contrato estipulaba exclusividad, no pude hacer ninguna reedición de los cuentos hasta que, casi veinte años después, pude localizar al jurídico de la editorial y liberarlos. Para cuando esto pasó yo, francamente, ya había perdido el interés en ellos.

El libro, 110 páginas en octavo, tenía una portada que pretendía enfatizar mi corta edad, con el dibujo de un casillero lleno con artículos deportivos, cuando yo siempre he pensado que estudié letras porque nunca fui bueno para el futbol, ni para ningún otro deporte. Y además en ninguna de las escuelas donde estudie había casilleros para los estudiantes. Una gringada del diseñador. Tenía también una contraportada que me llenaba de epítetos de los cuales el más decente era “un escritor fenomenal”, una vergüenza pues, y para colmo habían añadido en el título la frase …”y otros cuentos de la vida real”… visto lo cual me pregunté muchas veces si realmente habrían leído esos cuentos antes de publicarlos.

Al principio se le podía conseguir en cualquier librería y en los puestos de periódico, con el paso de los años pasó a las mesa de oferta y de allí a las librerías callejeras de remates, todavía pude conseguir allí en un puesto de la ciudadela un par de ejemplares hace cinco años.

Mímesis III

Pero lo más valioso para mí son esas personas que me han detenido alguna vez por ahí para preguntarme si yo soy el mismo Gabriel Rovira que escribió Los pequeños objetos amados, entre ellas un querido colega de una especialidad algo distante a la literatura que hace mucho tiempo guarda ese libro entre su libros científicos, trabajamos juntos desde hace muchos años y nunca me había relacionado con el pequeño ejemplar que, según me dijo, había leído varias veces.

Hace un año un hombre me contactó por el face y me pidió una versión digital de Los pequeños objetos amados, para su hijo, porque según sus palabras mi libro le había cambiado su forma de ver el mundo. Y yo pensé, con la crueldad de los pensamientos secretos, ¿estaremos hablando del mismo libro o de alguno de Coelho? Entre apabullado e incrédulo me di a la tarea de escanear mi único  ejemplar que se me desbarataba entre las manos, debido entre otras cosas al papel corriente que usaron en la impresión, y enviárselo. Así que ahora tengo mi propia versión pirata y un libro que parece un mazo de baraja.

En el otoño de 1995,  desayunando en un puesto de licuados de Tijuana vi de pronto mi nombre figurar en un periódico local: Esa tarde se presentaba la obra El ejercicio de actuación de Gabriel Rovira, bajo la dirección de la maestra Irma Guadalupe Salinas Romero. La sorpresa casi me tira del banquito donde estaba sentado y en mi cabeza se desató una explosión de preguntas. Leyendo la nota me enteré que el grupo de teatro del CBTIS 116 de Tijuana había hecho esta adaptación y la  venía montando cada mes de octubre desde hacía tres años y yo como los maridos cornudos era el último en enterarme.

En esa época yo era secretario general del sindicato de profesores de la UABCS y visitába Tijuana por primera vez guiado por un colmilludo Virgilio en esos infiernos, el güero Aguirre. Así pues, el secretario por ciencias agropecuarias y yo habíamos manejado hasta allá buscando proveedores de computadoras que nos dieran buen precio para equipar a los académicos. Mi colega, botas vaqueras, cinto piteado, el hombre más pragmático del mundo, no quiso cambiar nuestro apretado itinerario por San Diego para que yo pudiera ver la obra, así que me quedé con las ganas de teatro.

Pasaron los años y el asunto se convirtió en nada más que una simpática anécdota de sobremesa, hasta que un día ya en 2003 uno de los padres de familia de la primaria de mis hijos me preguntó ¿Tu eres Gabriel Rovira el que escribió “El ejercicio de actuación”?  Ya no contaba yo con saber nada de ese cuento, ni de su misteriosa suerte, pero el hombre me dijo que su sobrino estaba en un grupo de teatro que montaba cada octubre desde hacía 10 años esa obra. Le di mi correo electrónico y su sobrino me escribió una carta muy formal, con unas deferencias hacia mí del todo inmerecidas, así que lo invité un día a mi casa ya que yo no podía en esos días viajar a Tijuana.

Me trató con muchas reverencias que sólo consiguieron avergonzarme. Me llevó programas de mano y carteles, así como un ejemplar de la adaptación, me contó anécdotas de los montajes y como la compañía había pasado de ser un grupo preparatoriano a ser una compañía independiente y prometí que en la primera oportunidad viajaría a Tijuana para verlos.

Pero el destino quiso que me fuera a estudiar a otro país y pasaron cinco años más.

Un día me encontré en el internet un anuncio del Sol de Tijuana que anunciaba la nueva temporada de octubre, la nota incluía el correo de la profesora Irma Guadalupe Salinas, así que la contacté y finalmente en 2008 pude visitar el café Versus dónde la compañía teatral Kabuki representaba mi cuento. Me recibieron con toda clase de cortesías y privilegios que nunca podré agradecer lo suficiente. El 2 de noviembre apareció la nota en el Sol de Tijuana: “Rovira conoce a Kabuki”, la nota completa está en mi blog para el que le interese verla, les voy a leer un fragmento, como se trata de una entrevista que me hicieron esto será como entrar al castillo de los espejos, donde yo me estaré citando de segunda mano a mí mismo o el que fui hace siete años. Dice la nota:

Poder acudir a una función del grupo Kabuki interpretando su obra fue para Rovira una experiencia casi de psicoterapia al ver representado un pasaje de su vida, un cuento que creía olvidado y una obra que parece un «juego de espejos», con actores actuando de actores, viviendo una realidad ficticia en el momento pero auténtica en la historia.

«Pocos maestros observan al alumno para ver qué necesita -comentó Gabriel Rovira- y la maestra (Irma Salinas) tiene ese don, es más bien una guía para la vida, es un teatro muy diferente, es como un trabajo de formación personal y así era el trabajo que hacíamos allá (en el grupo Identidad). Cuando lo vi me pareció que estaba reviviéndolo, además había muchos detalles que yo no recordaba bien, hay cosas que la memoria va dejando de lado y de pronto vi cosas que yo preguntaba ‘cómo supieron’ y pensé que era magia…

«Estaba demasiado identificado viendo la obra, sin embargo pude darme cuenta que es un trabajo hecho con mucho amor, con conciencia estética y con mucha responsabilidad, el grupo es muy serio, su trabajo me parece muy bueno, la adaptación está muy bien hecha y hay muchas cosas que enriquecen el texto…

«Me parece que han resucitado un cuento que yo daba por perdido y eso me parece genial porque el mensaje es especialmente importante para mí y además le han inyectado nueva vida. En estos trece años le han hecho una publicidad muy grande, sacando cuentas es posible que la haya visto más gente que la que haya podido leer el libro, se volvió un poco más real».

También maestro en la Universidad Autónoma de Baja California Sur, Gabriel Rovira destaca los alcances de la literatura, pues ésta crea ficciones que contrarrestan las «realidades» impuestas por el Estado, ficciones literarias que son a su vez concepciones más cercanas a la realidad acallada.

«Es importante que los autores hagan conciencia de que la literatura ofrece una experiencia que puede ser incluso más fuerte o más intensa que la vida durante un tiempo más limitado y esa intensidad de la experiencia nos da la oportunidad de que lo que estás tratando de comunicar cree en el espectador o en el lector una conciencia mayor sobre el tema…

«En este caso es especialmente importante porque si el Estado puede crear mecanismos para estar creando ficciones que le convienen, al crear el autor nuevas ficciones, diferentes, que se oponen a esas, está haciendo labor en contra de esa concepción del mundo y por lo tanto está creando su propia concepción del mundo, en este caso lo que estamos proponiendo es una especie de utopía personal en que la verdad se puede saber y que la gente puede revivir la experiencia de otro, lo cual es imposible dentro de las ficciones que difunde el Estado».

El 9 de septiembre de 2013, la profesora Irma Guadalupe Salinas Romero, dejó para otros la continuación de su obra en este mundo.  Pero su discípulo Christian Delgado, ha tomado como su misión y su legado la continuidad de Kabuki, y de sus tradicionales puestas en escena, ahora como “Línea teatro”. Recientemente me pidieron que les cediera los derechos de representación para poder acceder a un patrocinio que les ayude a sacar la obra de Tijuana y así llevarla al resto del país.

Espero que pronto podamos verlos por acá, quizá, cuando cumplan un cuarto de siglo representando la obra, en las próximas Lunas de octubre, para que no se olvide.